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La idea del eterno retorno siempre me sonó a compulsión, una de la cual no podés escapar. Te atrae, te succiona, te fagocita sin poder luchar. Al menos no seriamente. Te sentás, mirás alrededor y lo que ves es a vos, sentado frente a un otro, que si lo mirás entrecerrando los ojos se parece mucho a los últimos otros con los que ya has dormido por años.
Eso es compulsión, compulsión a la repetición le dirá Freud.
Es una fuerza que te lleva, el -te lleva-
lo agregamos para quitar el peso de la propia responsabilidad en ese -dejarse llevar-.
En la compulsión hay algo de cierto, uno no elige,
claramente uno no decide volitivamente en volver a repetir una situación que ya
vivió y fue angustiante. Uno cree elegir a un otro totalmente diferente,
incluso a veces se esfuerza. Tiene otra profesión, otros sueños, otro carácter,
otros ojos, besa diferente, no habla del mismo modo, tiene otros amigos, hasta
puede llegar a parecernos un logro lo disímil que este otro actual es al de
antaño.
Esta vez es diferente, nos solemos repetir. Ingenuos.
El tiempo habla, y nos encontramos quejándonos de cosas
similares a las que nos solíamos quejar, nos duelen las mismas células, nos
desilusionamos del mismo modo, lloramos igual.
Esta compulsión aguerrida nos sacude en el mismo punto de
diferente modo a través del tiempo, de nuestro tiempo. El que somos, el que
creamos, el que vivimos. Somos nuestros síntomas, el conjunto de ellos nos hace
únicos, y también único es el padecimiento que supone. La compulsión a
repetirnos en cada decisión nos devela sintomáticos y sufrientes.
¿Elegiría mis síntomas eternamente? ¿Me aferraría a lo que
soy por el devenir eterno? ¿Cuán megalómano habrá que ser para decir que sí?
Si la idea del eterno retorno se hallase atada a la decisión
individual de cada ser, como instrumento disparador o siquiera como posibilidad
cuán desdichados nos sentiríamos al decir que no, que no podemos con el peso de
esa decisión.
Una derrota de nuestro narcisismo, una derrota del ser que
supimos malconstruir.
Mi idea del eterno retorno está aferrada infantilmente a una
sensación oceánica, a la utópica posibilidad de repetirla ad infinitum. Pensando
a la sensación oceánica como un chute lisérgico que nos une a la eternidad, sin
tiempo, sin lugar. Un sentir la naturaleza, la vida hasta que duela de placer
en los huesos.
¿Cómo no habríamos de desear el eterno retorno entonces?
De qué huir es claro.
.M








